Hoy estoy sola en la oficina. Literalmente.
Bueno, me autocorrijo mientras escribo esto. En lo que escribía la mitad de la entrada, ha subido por el montacargas la chica de la limpieza. Pero es de una contrata externa, así que técnicamente no es de la oficina, aunque participe igual que los demás en todas las porras, decisiones, debates, piscolabis y celebraciones de cumpleaños que se tercien aquí dentro.
Sin embargo, la Madre Naturaleza ha tenido a bien hacerme una visita para alegrarme la mañana. Y no, no me refiero a la llamada de la naturaleza, ni a visitas de viejas deidades cósmicas. Me refiero a un pajarito que se ha colado por la ventana. Uno con una pinta muy similar a esta:

El pajarito en cuestión ha entrado por la ventana y se ha posado grácilmente en el alféizar. Yo diría que ha hecho visitas antes, porque ha entrado con una naturalidad aplastante. Además, no le culpo... yo me acabo de mudar a esta sección de la empresa, y aquí hay una cantidad inmensa de cositas brillantes (conectores, componentes electrónicos, estaño, etc.) que poder llevarse. De hecho, la muy urraca estaba ahí, mirando las placas de circuito impreso brillantes al sol.
Y en ese momento me he movido y se ha fijado en mí.
La salida ha sido gloriosa: la urraca me ha mirado dignamente, se ha dado la vuelta, ha echado una cagadita en el alféizar y ha salido volando.
No sé por qué, pero la visita me ha alegrado un poco la mañana.